Natural y artificial: la dicotonomía imaginaria

Me está empezando a cabrear mucho el ambiente generalizado en el que  «la tecnología» cada vez más personas la perciban como «lo malo», añorando un «retorno a una naturaleza» beatífica que jamás existió, y lo que es peor, dejando que sean otros los que a las finales decidan como serán sus vidas y, de paso, las de todos los demás.

paisaje corotDurante la eṕoca en la que los nacionalismos estaban en auge, la del romanticismo, pusieron en valor la «naturaleza». Pero era una naturaleza con el opuesto de lo «artificial», concretamente lo artificioso de la «industria». Las pinturas de la época romántica están llenas de «naturaleza», pero con el dominio de sólo de una parte de la misma: el paisaje. Aquellos paisajes no eran sino los que representaban a la nación ante el mundo. También para los románticos la imaginación era concebida como fuerza por sobre la naturaleza, la cual no era producto del ser humano, sino la confirmación de que la naturaleza estaba gobernada por fuerzas «sobrenaturales», lo que apuntalaba muy emotivamente la creencia que es posible que haya cosas fuera: la tecnología, con sus artefactos, era una abominación extranatural.

Pero una visión tan profundamente parcializada de la naturaleza lo que está dejando fuera es… el resto de la naturaleza. No hay tal dicotonomía entre natural y artificial. La Naturaleza es el Universo. El Universo es todo lo que existe. Una nebulosa sideral no es más natural que una sierra hecha con quijada de antílope. Ni una cebra es más natural que un generador eléctrico. Ni la montaña se rige por otro «código fuente» natural que una ciudad artificial construida con coral. La Naturaleza es todo lo Real. Si hubiera algo fuera de la naturaleza, equivaldría a decir que está fuera del universo, y por lo tanto, de la realidad. Y al estar fuera de la realidad, no podemos estar hablando de ciudades, generadores eléctricos o cebras.

tren y lluviaProbablemente no sea la única manera. El modo de relación con la naturaleza más auténticamente humano sin duda es la transformación del entorno. Si los dioses existen, nos dieron el don de transformar la Tierra. No veo porque esta facultad ha de ser horrenda; más bien es bella. Los dioses también nos dieron libertad para embellecer la Tierra, o convertirla en un erial por falta de conocimiento, pero no nos la dieron para dejarla como estaba: el precio a pagar por tal conservadurismo era la extinción.

Es entonces con el trabajo, es decir, con la actividad de transformación del entorno, donde el ser humano se relaciona con la naturaleza (la realidad, el universo) más que con ninguna otra actividad. Pero aquí es donde empiezan nuestras alegrías, tragedias y mayores desacuerdos.

Quién tiene el poder para decidir sobre otro ser humano cómo tiene que hacer un trabajo, está decidiendo el modo en que éste se relaciona con la naturaleza. Por lo tanto, los proyectos en los que trabaja se tornan ajenos a él, sin sentido, y esto es lo que se llama alienación. Cuando un trabajo no es elegido por amor al arte, y aun en el caso en que sea así, pero el proyecto sea dirigido exteriormente respecto a los deseos de quien lo realiza, el trabajo es fuente de enajenación, en mayor o menor medida. No es extrañar que con los niveles de creciente alienación de las condiciones de trabajo de una buena parte de la humanidad, estén tomando fuerza de nuevo interpretaciones «sobrenaturales» de la naturaleza, como el nacionalismo o la percepción romántica de la naturaleza.

Al sentirnos ajenos al trabajo que realizamos, puede ser fácil sentirse «aparte» de la naturaleza, y con tal sentimiento es concebible que la naturaleza tenga opuesto, pues no es el trabajador, sino la propia «persona» quién se siente en el opuesto… y añora el «retorno a la naturaleza». Es un pensamiento que, lejos de ser entrañable, es profundamente reaccionario y esquiva por completo el problema. En bruto: el autoritarismo que aliena no es el problema, sino la actividad productiva en sí.

Pero hasta un trabajo alienante, siempre que no llegue a extremos de violencia pura y dura, es más deseable, pone más en contacto con la realidad, que el exilio del desempleo. Exilio que puede llegar a ser muy largo. Lo sé. Yo también tengo un trabajo alienante. Por las mañanas iría a muchos sitios antes que a trabajar. Pero también he conocido el exilio y prefiero un trabajo precario que el vacío.

Si el «retorno a la naturaleza» engendra grandes reaccionarios y es obvio que las condiciones de trabajo actuales tampoco satisfacen, por no hablar de estar en paro, el único camino es la reconquista del trabajo… en el que decidamos no sólo en qué, sino cómo trabajamos. Pero aún, eso sí, cuando ésto último no sea posible, es mejor un trabajo precario que el exilio de la vida productiva.

Trabajo que siempre se realiza con otros. El ser humano no trabaja en el vacío; salvo Robinson Crusoe, y algún otro individualista producido por la reforma protestante, no trabaja solo. La comunidad igualitaria productiva, en la que todos los miembros deciden sus proyectos (en base a la realidad económica) y cómo trabajarlos (según sus capacidades), parece ser el único camino de conseguir vidas con sentido, es decir, sabiendo por qué trabajamos más allá de los ingresos monetarios y sin tentativas de rebelión contra la realidad… empresa esta última que, solos o en grupo, necesariamente lleva a la locura, individual o colectiva. Es aquí, en la comunidad igualitaria como superadora de una crisis a varios niveles y que entiende la naturaleza sin delirios románticos, donde más incide el Manifiesto Comunero.

Léanlo, y tal vez entiendan de una vez que la máquina libera.

 

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