Indefensión aprendida

Un etarra, un violador o violadora… son meros aficionados al crimen comparados con aquella mujer que saca a pasear el perro ocho veces al día o aquel hombre que sale solo a moverse por la calle, creyéndose una persona.

Guiados por un instinto que les hace desear abrazar a alguien, dar un beso indiscriminado a cualquiera, un ser abyecto que quiere llorar en un hombro… el que camina para respirar mejor, y sin ver absolutamiente a nadie, siente un anhelo de vida pública, ¿Para qué?, y la mirada puesta en el futuro, el futuro porque sí, siempre la mente puesta en el futuro de la especie.

Decir que quieres todo eso y, a causa de tus inclincaciones humanas amorosas, ser un criminal, un lobo solitario, una manada que ataca el rebaño; recibir condescendencia y sospecha, olfatear el odio a distancia, la mentira como moneda de cambio: así es la vida ahora.

Hemos llegado a distorsionar tanto la percepción de la realidad que creemos quien sale a la calle es un asesino de masas, que está matando a mucha gente, en calles desiertas en las que no podría matar a nadie ni queriendo con una catana. No digamos ya si su ruina moral concurre entre árboles, sin nada más a su alrededor que árboles y arbustos. Hemos caído en esa degradación jurídica, en un totalitarismo guarro que ni siquiera tiene buen gusto.

Jamás imaginé que algún día llegaría decir que confío más en los jueces que en la sociedad. Hoy la sociedad es un monstruo reaccionario o se comporta como si lo fuera por paranoia.