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hombre con mascara mexicana y gesto con el dedo de silencio

Negacionistas de la Tristeza

Respirar con máscara o sin ella. ¿Quién dice la verdad? ¿Quién miente? ¿Parar el mundo para salvar a personas en el límite de su esperanza de vida? ¿Reanudar la actividad económica caiga quién caiga? ¿La pandemia sigue siendo digna de tal nombre? ¿Es una maldición eterna por nuestros pecados que hemos de pagar? ¿Existe la posibilidad que un médico pronuncie alguna vez «Oiga, mire, pues no lo sé»?

Creo que están dejando a la gente chalada a base de negación de la tristeza, oculta como un yaciemiento bajo estratos de vergüenza, culpa, miedo y rabia. Para hacernos creer que merecemos el castigo y no nos podamos defender. Esto va con el abuso y le llaman «estrés postraumatico», que suele acompañarse de «indefensión aprendida» o el «síndrome del perro apaleado», que después de unos cuantos palos ya no se defiende, aunque objetivamente pudiera hacerlo y tener las de ganar.

El neopuritano hasta la coronilla gobierno de España le ha cogido gusto a la biopolítica y está aprovechando que el Ebro pasa por Tortosa para seguir reprimiendo los deseos. Y no es el único. Los estados nada temen más que los deseos libres. Les tienen miedo porque no pueden controlarlos, como peces que se escabuyen entre sus redes.

Con la represión y la frustración nos mantienen enrabiados en jaulas para que cuando nos abran la puerta en la próxima guerra ya estemos preparados y seamos la gente maja que siempre quieren que seamos.

Considero peligrosas las filosfías misántropas de la «Gaya Naturaleza»; tras el activismo «antivacuna» se oculta la intolerancia a los débiles, la «new age» es una religión a la carta sin mas profundidad que un catálogo comercial y en la creencia de que «el ser humano es un virus» se camufla el ecofascismo.

Pero me gustaría que se pongan de moda los debates públicos en buen tono entre médicos con puntos de vista opuestos.

Solo me apetecía escribir esto porque veo correr la sociedad como un pollo sin cabeza. Me da miedo que al haber estirado tanto el cuello me haya enterado quien vive en el piso de arriba y darme cuenta de que los demás no quieren saberlo, ni siquiera que yo lo sepa, por si me da por decírselo.

El vecino de arriba se llama Verdad y ve a través de las máscaras. En la madrugada, me hizo una pregunta:

Dime, ¿A quien le conviene que tú vivas en la locura?